Por José Luis Cabrera
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| Jóvenes grafitteros en Festival Juvenil de Lima Sur |
Es difícil encontrar consensos en cuanto al nombre de lo que finalmente podemos denominar psicología social comunitaria. Y es que su concepción, a pesar de los años que han pasado desde sus primeras imaginaciones en el siglo XX no ha estado excenta de dudas y conflictos. Psicología social, psicología comunitaria, psicosociología, sociopsicología, son algunos intentos de denominarla. Sin embargo, en cuanto a su práctica, sí podemos reconocer muchos elementos comunes: estrategias, métodos y técnicas, tanto de investigación como de “acción”.
Otro elemento común a estas psicologías quizás sea el contexto en que los psicólogos latinoamericanos intervenimos: las complejas realidades sociales y políticas de los países de la región en donde campean la pobreza, la debilidad institucional, la corrupcuión y la violencia. La psicología social comunitaria intenta dar respuestas a estas realidades internándose en el viejo dilema entre teoría y práctica y brindando más de una alternativa relevante. Cuando me formé como psicólogo en la segunda mitad de la década de los 90 en la Universidad de San Marcos, reinaba en sus pasillos una lógica clínica, biologicista, psicométrica e individualista. (Quiero restarle a estas categorías el sentido peyorativo que podría filtrarse. Reconozco la necesidad de indagar en todos estos campos, pero a la vez subrayo el descuido en el análisis del ámbito social como campo de generación de factores que intervienen en los procesos de salud, enfermedad y bienestar de las personas).
Aunque algunos cursos anunciaban una mirada distinta, como antropología, psicología social, psicología de grupos, psicología de la comunicación, la presencia que tenían en la Universidad los cursos vinculados a lo biológico, clínico y psciométrico eran gravitantes. Además, recuerdo, los profesores que impartían los cursos relacionados a lo “social” carecían de influencia en el espacio académico e institucional. No quiero desmerecerlos, pues en alguna medida ellos fueron mis maestros, pero en aquel entonces no eran referentes aún para la mayoría de muchachos que indagábamos en las aulas sanmarquinas por nuevas maneras de entender el mundo y de transformarlo. Ahora que lo pienso, esta situación reflejaba lo que sucedía y hasta el momento sucede (creo) en el país.
La psicología académica e instrumental aún no ha ingresado de lleno al territorio de abordaje de las problemáticas sociales y por lo tanto no se han propuesto, ni sistematizado herramientas ni concepciones que permitan tanto la explicación científica como el abordaje sistémico de los fenómenos sociales que marcan el contexto de actuación de los profesionales de esta parte del continente. Cuando imparto el curso de psicología social o comunitaria en algunas universidades privadas de Lima, constato casi siempre la sorpresa de los jóvenes al descubrir las enormes posibilidades de ingreso de la psicología en los territorios de anáilisis y debate sobre la pobreza, el racismo, la exclusión, el ambiente, la fragilidad institucional y democrática, etc. Aunque oficialmente esta vertiente de la psicología nace en E.E.U.U. y tiene un amplio desarrollo en Europa, ya en Latinoamérica actualmente puede hablarse de una escuela de psicología social comunitaria que han levantado Martín Baró, Pichión Riviere, Amalio Blanco, Maritza Montero, entre otros. Estos psicólogos han contribuido a la formación de esta disciplina incorporándole un carácter regional, diferenciándola de las otras psicologías que hasta ese entonces se importaban desde los países “occidentales”. Aquí cabe realizar una escisión necesaria. La psicología social, de herencia norteamericana y europea, está más vinculada en nuestro medio a los fenómenos de la interacción social: prejuicios, género, percepciones sociales, actitudes, agresión, atracción, etc. La psicología comunitaria, parida de las entrañas de Latinoamérica, está relacionada al cambio en las relaciones de poder en ámbitos territoriales específicos. Mejor dicho: promueve el desarrollo de capacidades para que las comunidades afronten su desarrollo autónomo. A esta psicología también le llamo, junto a otros psicólogos, psicología social comunitaria. Hoy día tenemos desarrollos interesantes de esta última, en diversos países de la región. En Perú tenemos la presencia de cursos de psicología social y psicología comunitaria junto a otras psicologías: preventiva, ambiental, política, jurídica, etc. También observamos grupos y líneas de trabajo en psicología social comunitaria en algunas universidades. Incluso hemos visto por allí algún programa de maestría en la Universidad Católica de Lima. Sin embargo, aún sentimos fragmentada esta disciplina y no se ha alzado todavía una voz calificada y legítima que la propugne oficialmente. Lo que hay son diversos programas de formación que se valoran en el contexto del posicionamiento de las universidades que las brindan en el imaginario colectivo. Esta es la psicología que practico desde hace más de una década. Y esta es la psicología que he empezado a promover en este pequeño y sencillo blog. Los que coincidan conmigo tendrán aquí un espacio de difusión para ampliar nuestras voces y miradas...
La psicología académica e instrumental aún no ha ingresado de lleno al territorio de abordaje de las problemáticas sociales y por lo tanto no se han propuesto, ni sistematizado herramientas ni concepciones que permitan tanto la explicación científica como el abordaje sistémico de los fenómenos sociales que marcan el contexto de actuación de los profesionales de esta parte del continente. Cuando imparto el curso de psicología social o comunitaria en algunas universidades privadas de Lima, constato casi siempre la sorpresa de los jóvenes al descubrir las enormes posibilidades de ingreso de la psicología en los territorios de anáilisis y debate sobre la pobreza, el racismo, la exclusión, el ambiente, la fragilidad institucional y democrática, etc. Aunque oficialmente esta vertiente de la psicología nace en E.E.U.U. y tiene un amplio desarrollo en Europa, ya en Latinoamérica actualmente puede hablarse de una escuela de psicología social comunitaria que han levantado Martín Baró, Pichión Riviere, Amalio Blanco, Maritza Montero, entre otros. Estos psicólogos han contribuido a la formación de esta disciplina incorporándole un carácter regional, diferenciándola de las otras psicologías que hasta ese entonces se importaban desde los países “occidentales”. Aquí cabe realizar una escisión necesaria. La psicología social, de herencia norteamericana y europea, está más vinculada en nuestro medio a los fenómenos de la interacción social: prejuicios, género, percepciones sociales, actitudes, agresión, atracción, etc. La psicología comunitaria, parida de las entrañas de Latinoamérica, está relacionada al cambio en las relaciones de poder en ámbitos territoriales específicos. Mejor dicho: promueve el desarrollo de capacidades para que las comunidades afronten su desarrollo autónomo. A esta psicología también le llamo, junto a otros psicólogos, psicología social comunitaria. Hoy día tenemos desarrollos interesantes de esta última, en diversos países de la región. En Perú tenemos la presencia de cursos de psicología social y psicología comunitaria junto a otras psicologías: preventiva, ambiental, política, jurídica, etc. También observamos grupos y líneas de trabajo en psicología social comunitaria en algunas universidades. Incluso hemos visto por allí algún programa de maestría en la Universidad Católica de Lima. Sin embargo, aún sentimos fragmentada esta disciplina y no se ha alzado todavía una voz calificada y legítima que la propugne oficialmente. Lo que hay son diversos programas de formación que se valoran en el contexto del posicionamiento de las universidades que las brindan en el imaginario colectivo. Esta es la psicología que practico desde hace más de una década. Y esta es la psicología que he empezado a promover en este pequeño y sencillo blog. Los que coincidan conmigo tendrán aquí un espacio de difusión para ampliar nuestras voces y miradas... 
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