Había decidido lanzar este blog para discutir sobre los conceptos y metodologías de la práctica social comunitaria, pero mis textos poco a poco han ido virando hacia un formato testimonial. Y es que auscultando mi prehistoria profesional (época estudiantil), irremediablemente he retornado a los nombres, rostros, encuentros y desencuentros de mi época universitaria que he decidido finalmente abordar desde un estilo próximo a mis vivencias personales. He encontrado de esta suerte y sin quererlo, una manera de comunicar mis ideas y sensaciones, a la vez que realizo una especie de ejercicio biográfico que tiene que ver con mi aproximación profesional a la psicología social y comunitaria.
Rara vez estas movilizaciones llegaban a la calle y cuando lo hacían, nos situábamos en primera fila, sin liderar, pero presentes, vociferando las consignas que pretendían desestabilizar la dictadura en que se había convertido el gobierno fujimorista. Hay aquí dos experiencias que podrían resultar significativas. Comencé a trabajar para un poeta que vivía en una zona exclusiva de Lima y allí pude alternar con jóvenes de "la alta sociedad limeña". Por otro lado compartìa muchos momentos con jóvenes de San Marcos que era, como lo han dicho Vargas Llosa y Bryce, una síntesis asombrosa del Perú. De esta manera aquella época significó para mí la alternancia con jóvenes de distintas clases sociales y en distintos espacios y ambientes. Esto, creo, me otorgó una posición céntrica privilegiada que no dejó de ponerme en situaciones donde eran obvios los conflictos de identidad de clase. De esto hablaré después. Para el año 1999 la situación económica de mi familia se iba deteriorando y me vi obligado a ayudar a mi mamá en la gestión de un pequeño negocio en zona alejada de la ciudad. Mi madre pernoctaba en el mismo local y yo tenía que regresar a casa (en un viaje casi infinito) para estar con mi padre, anciano, a quien debía cuidar y ayudar en sus necesidades básicas. A media mañana partía para el negocio nuevamente para darle una mano a mi madre (de 12 a 4 de la tarde el local se congestionaba). Luego zarpaba a la Universidad en donde me había matriculado en turno nocturno. El viaje en transporte público, que era un trajín pesadísimo por la ciudad, y la sobrevivencia familiar, me absorbían casi por completo hasta el extremo de descuidar en algo mis estudios. No me había percatado de la necesidad de realizar prácticas en la carrera. No está demás decir que para ese entonces mis dudas vocacionales dentro de la propia psicología eran tremendas.Un buen día, conversando con los compañeros de clase, me enteré que la mayoría de ellos había empezado a realizar ya prácticas pre-profesionales en diversas instituciones públicas y privadas del medio. Eso a esas alturas de la carrera (entrábamos al cuarto año) era vital, pues las condiciones económicas del país generaban desempleo y para nadie era un secreto que muchos profesionales egresados de las universidades públicas terminaban haciendo taxi o subempleados. De esta manera la aproximación temprana a la carrera resultaba ventajosa para los futuros profesionales que saldríamos en un par de años al mercado. Además, psicología era una carrera poco auspiciosa en términos económicos. Este era un temor latente a esas alturas de la carrera. Recuerdo que fui a visitar a un amigo familiar que trabajaba en el departamento de psicología de un hospital limeño y la visión que tuve fue catastrófica. Un equipo de psicólogos (probablemente mal pagados) reunidos en una oficina hacinada y precaria, expectorados de las modernas estructuras del hospital, improvisando el servicio en una suerte de tienda de campaña en la que atendían a personas muy humildes. Me di cuenta fácilmente la diferencia de este servicio de salud mental con la de los otros servicios sanitarios que ostentaban mejores oficinas y cuyos profesionales lucían mucho mejor: con una actitud más optimista y triunfal, al menos así me pareció. Estas imágenes me dejaron perplejo. Mi futuro como psicólogo no me prodigaba grandes expectativas económicas. Era algo que nunca antes había pensado. Mi gran preocupación juvenil había sido encontrar un camino profesional y realizarme académicamente, pero a estas alturas de la carrera y de la vida, con 25 años a cuestas, era testigo de una de mis primeras decepciones. Me proyectaba con alarma en la carrera y me veía metido en esa carpa de hospital, con salario de hambre y sin la vocación pertinente para darle un estatus diferente a los servicios de salud mental en un sistema que privilegiaba la salud física y tenía a los psicólogos como profesionales subalternos. Tuve algunos pensamientos e ideas candorosas e ingenuas. Pensé regresar a aquel servicio de salud y motivar a sus psicólogos. Presentía que el problema, era un problema de actitud. Pero también era consciente que dentro de los servicios sanitarios, los psicólogos no se habían ganado un espacio, un sitial, una voz. Me pregunté inmediatamente en qué otros campos de acción la psicología peruana había ganado terreno. ¿En qué área del quehacer humano los psicólogos habían construido una propuesta y lideraban procesos de desarrollo? Estas dudas iniciáticas iban madurando dentro de mí la necesidad de una psicología que no sólo me redima profesionalmente, sino que sea capaz de sostener una propuesta y liderarla. Fue por aquellos tiempos que descubrí o redescubrí el fascinante campo de la psicología social comunitaria. Lamentablemente en el Perú, su desarrollo era incipiente y hasta casi inexistente. Inauguré este blog para explorarla.
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| Año 2004, en la Casa del Valle |
Transcurría la segunda década de los años 90 y nos encontrábamos en pleno gobierno de Fujimori, que ya había develado todo su carácter autoritario colonizando las instituciones del estado y manejando a su antojo algunos medios de comunicación. Era época en que mataba el tiempo dentro de la ciudad universitaria de San Marcos, que a la sazón brindaba a sus estudiantes una amplia gama de oportunidades para el ocio. Distribuía este tiempo entre el tenis de mesa (en el que lleguè a ser bastante diestro), la caminata con algún amigo dentro del campus (recuerdo a Kike, Vallejo y un sujeto al que apodamos La Mosca) y finalmente el almuerzo en el comedor universitario que, con el pretexto de solventar una necesidad fisiológica, nos permitía interrelacionar con estudiantes de todas las carreras y procedencias. Eventualmente participábamos en las marchas y protestas estudiantiles que se organizaban al interior de la ciudad universitaria y significaban una valiosa oportunidad para interactuar con gente de diversas tendencias políticas y ¿por qué no? conocer chicas.

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