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| Visita a Carpa de ASPEm en Chincha, 2007. |
Para ese entonces había abandonado ya sendos estudios de ingeniería civil e ingeniería electrónica en dos universidades públicas limeñas. Había ingresado a la Facultad de Psicología de San Marcos para reencontrarme con el humanismo, con el mundo de las letras, a través de la búsqueda de la comprensión de la sociedad y del propio ser humano. Y vaya que no encontraba las respuestas fácilmente. En San Marcos y más precisamente en su facultad de psicología, tuve que resistir los cursos de anatomía y fisiología y luego de estadística y psicometría. Pero yo sabía que el comportamiento humano no era una simple determinación biológica y que los test psicológicos difícilmente iban a revelarme las intrincadas complejidades del alma humana. Mi búsqueda aún estaba intacta. Me di cuenta que las letras y el humanismo que buscaba estaban más cerca de facultad de literatura (tuve alguna novia por allí) y que mi interés por la marginalidad y sus expresiones (por aquella época me identificaba puerilmente con Humareda, Hernández o Martín Adán) estaba más cerca de la sociología y la antropología que de la psicología que recibía día a día en la ciudad universitaria de San Marcos.
Allí nomás tuve la suerte de participar en las marchas juveniles de recuperación de la democracia y por ese tiempo empecé a alternar en algunas instituciones de la sociedad civil: ONGs financiadas por la cooperación internacional, cuyo discurso, antagónico a las prácticas clientelistas y corruptas del Estado, encandilaba a los más jóvenes y las convertía en la vanguardia del cambio social por todos esperado. Allí pude encontrar una proximidad con lo que quería.
Pronto asimilé los credos de la educación popular y el camino de la liberación de los más radicales representantes de estas organizaciones y además toda la tecnología de la intervención para el desarrollo cuyo método y propuesta encontraron en mí a uno de sus más entusiastas difusores. La izquierda ideológica estaba muy venida a menos en ese San Marcos intervenido por el gobierno de Fujimori y sus militares, dejando a toda una generación (casualmente la mía, mal llamada generación X) al borde de los discursos populistas. Algunos de los pesos pesados de la izquierda peruana, sobrevivían en estas ONGs, lejos de las cátedras universitarias. Luego pasaron a ser parte, así los bautizaron la prensa y el gobierno, de la izquierda caviar en la que militaron los llamados intelectuales de “escritorio” que trocaron el credo socialista por esa suerte de ingeniería para el desarrollo que propalaba un conjunto de propuestas para el tercer mundo: responsabilidad social, derechos humanos, ciudadanía y democracia, desarrollo sostenible, lucha contra la pobreza, que fueron el caballito de batalla que estas ONGs enarbolaron llamando a las puertas caritativas de diversas fundaciones nacionales y extranjeras. Por esos años, mi participación en algunas de estas organizaciones fue prácticamente acrítica. Encontré muy pronto en San Marcos a un grupo de estudiantes prestos a aprender estas “novedosas” metodologías que gobernaban el mundo del desarrollo, pero quizás más deseosos de encontrar un nicho del mercado que pueda asegurar su futuro laboral, como también era mi caso.
Fue así que con un grupo de compañeros de estudios, aún recuerdo algunos nombres: Pedro, Omar, Fernando, decidimos sacar adelante un seminario con el título: Cómo elaborar Proyectos de Desarrollo, con poca audiencia, pero con una lección importante: estábamos en el camino justo para encontrar nuestra vocación en la psicología. Pronto decidimos formar un grupo para impulsar iniciativas similares y así fundamos Question Social cuyo primer logo fue obra de Manuel (un pata de mi promo) y cuyo mayor logro fue el curso de Post Grado: Diseño de Proyectos, con el incondicional apoyo de un maestro: Carlos Arenas Iparraguirre. Recuerdo ahora a los impresentables docentes que convocamos para dictar aquel curso accidentado. Questión Social nunca prendió, pero fue una bonita experiencia para ensayar en el ámbito social que era a donde yo aspiraba. Muchos de sus integrantes, luego, me parece, no encontraron un camino en esta área de la psicología y hoy divagan a la suerte de las oportunidades laborales. Ese fue un primer pinino, de esa experiencia salió CEDES y más tarde IPSIDE. Ahora, en los entretelones de Casa Verde o Amancaes, que son intentos de ponerle un nombre a un esfuerzo profesional que saco adelante con mi socio y camarada de siempre: Gonzalo falla. Pero esta será otra historia.

No me perdí nada
ResponderEliminarTodo aprendizaje marca. Con mayor fuerza aun, cuando es en la adversidad de la vida la que nos inspira y da fortaleza. El compromiso y la opción por una orientación profesional no son casualidades, son parte de los encuentros que hacemos en nuestra praxis social.
ResponderEliminarJosé Luis en estas líneas nos invita al reencuentro con nosotros mismos y nuestras propias vivencias desde la acción social y su sentido y carácter comunitarios. Mas allá de lo filantrópico o asistencialista, cargado de emoción social y compromiso son por hoy los que nos movilizan a reflexionar sobre esos primeros pasos en la Psicología Social.
Renuevo mi fe en ese mundo diferente (que José Luis entre líneas plantea y cree) que aun podemos construir. Y con él es garantía para persistir y caminar juntos en reencuentro de los pasos perdidos de las bellas historias, las cuales hoy compartimos en la Docencia universitaria que inspiran hoy nuestros quehaceres.
Eduardo, maestro, gracias por tus palabras. Tu fe contagia....
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